
Hay una serie de temas sobre las que todo el mundo opina aunque no tenga la más remota idea de lo que está hablando. Generalmente son temas relacionados con la percepción sensorial. Todos sabemos de fútbol, de política, de coches… Pero quizá el tema más recurrente a la hora de verter opiniones aleatorias es el del diseño gráfico. Y casi siempre para criticar. Evidentemente, somos libres de decir si un diseño no nos gusta, pero lo cierto es que en esa crítica normalmente se esconde el sentimiento de que “eso también lo sé hacer yo, si me pongo”.
Nadie se atrevería a decir lo mismo, por ejemplo, del trabajo de un cirujano. Entonces, ¿por qué lo hacemos en el caso de los diseñadores gráficos? Quizá sea porque hay mucha gente que percibe al diseñador gráfico como una persona que simplemente se pone delante de una máquina muy potente con un software más potente aún que hace el trabajo solo. “Vah, si hoy en día los ordenadores hacen de todo”. Al igual que el bisturí para el cirujano, el ordenador es simplemente una herramienta de trabajo. El verdadero valor añadido está en la persona que la utiliza, su creatividad, sus vivencias y recorrido, su capacidad de analizar, conceptualizar y prever la reacción del que ve la imagen.
Hasta hace no muchos años las empresas, principalmente las pymes, no daban ninguna importancia al diseño gráfico en su comunicación. Hoy, en la era de la imagen, esa carencia ya ha sido solventada. Ahora sólo falta que los directivos confíen y se dejen aconsejar por las personas que les hacen el diseño gráfico, al igual que se fían de sus asesores financieros o de sus cirujanos.
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